El fantasma de la Opera, Transiciones teatrales
El fantasma de la Opera, Transiciones
teatrales.
El Fantasma de la Opera es un
libro escrito por Gastón Leroux que relata la historia de una
bailarina/cantante de la opera de
Garnier que es educada al mismo tiempo que asechada por una entidad que
conoce como “el ángel de la música” el cual atormenta tanto a el equipo dentro
de la opera como a sus nuevos dueños, adaptada por Andrew Lloyd Webber a un
musical de 2 horas con 34 minutos cuyo impacto llevo a muchos “niños del drama”
como yo a soñar con el teatro musical y que posteriormente, en 2004 recibió una
adaptación cinematográfica que fue destrozada por la crítica.
No es mentira que quizás la elección
de actores profesionales y no de cantantes de opera fue una mala decisión o que
el tono sexual que alcanza la cinta en ciertos puntos con el fantasma de Gerard
Butler es muy poco fiel al libro y algo desalentador, pero hoy no vengo a
criticarla, vengo a hablar de una característica de la que poco o nada se a remarcado
de esta cinta, sus transiciones.
Para hacer esto nos pondremos en contexto, el primer acto ha concluido, Christine y Raoul por fin confesaron sus sentimientos e hicieron el pacto de cumplir todo lo que piden el uno del otro, amor; El fantasma esta destrozado, grita con fuerza y maldice a los dos anteriores, preparando una venganza digna de su leyenda, la cámara se aleja del techo de la ópera, mostrando el edificio casi por completo, entonces…la cámara baja.
La pantalla se va a negro y salta una escena del Raoul del presente, viendo por la ventana a una pareja joven frente a el escaparate de una tienda de joyas mirándolas y hablando, entonces la cámara se acerca, graba un conjunto, los ilumina, un cuadro antes en blanco y negro pasa a ligeros colores borrosos azules y plateados, entonces pasa…fuegos artificiales.
El baile de mascaras esta por comenzar y los administradores se encuentran con alegría para tomar una fotografía que sirve de nuevo de transición y nos adentra a la ópera, llena de colores dorados y bien iluminada.
Y llega mi parte favorita, que
mas que manejar de manera teatral las transiciones es un uso del espacio y la música
casi glorioso, todo el jolgorio es reducido a un par de notas características,
la luz se atenúa, la cámara corre a la izquierda y en un plano poco
convencional vemos emerger por las escaleras al fantasma, el terror de la ópera
ha vuelto, tan teatral como siempre, usando a la muerte roja como disfraz,
preparado para detener la felicidad que con tanto anhelo por permanencia habían
deseado nuestros personajes, mientras baja las escaleras al ritmo de la música el
ambiente se tensa cada vez más, todos saben que su presencia no augura nada
bueno.
En el teatro es casi imposible realizar transiciones sutiles, es una magia casi reservada al cine, donde estas transiciones son dignas de cualquier obra, no por ser especialmente buenas o poco laboriosas, sino porque reflejan lo mismo que la música sin pasar por el tortuoso camino que es representarlo físicamente; Esta adaptación podrá no contener el mismo encanto con el que nos capturo el musical pero no carece del propio, con maestría sigue el guion, haciendo pocas excepciones al cambiar dos o tres líneas, moviéndose con la música y usando técnicas digitales que si bien no envejecieron bien en su momento le dieron sentido al desarrollo de la historia, una pieza no muy reconocida pero bien estructurada, quizás por eso la he amado desde hace tantos años…o quizás solo es porque fue mi primer acercamiento al encanto de Erik Destler.
Escrito por Itzel Illescas

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